Tenua es un podcast de Joel Barrios para dialogar y redescubrir la doctrina de Jesús. No necesitamos más que Jesús, aunque algunos pretenden complicar lo sencillo.
‘Tenuá’ es una palabra que en hebreo significa ‘movimiento’, y es el título genérico que el pastor Joel Barrios otorgó a un conjunto de conferencias que, en forma de videos podcast, subió a YouTube. En días decisivos para la Humanidad, cuando batallas conmueven al mundo tanto como las injusticias y el sufrimiento, es importante refeflexionar, aprender y relacionarse con la esencia de todo, que es Jesús. Aquí va la desgrabación del episodio N°15:

Me preocupa algo que cada vez más seguido. Veo personas que aman a Dios, personas sinceras, personas que realmente desean vivir en la verdad, pero que cuando hablamos de lo que hay que enseñar en el discipulado sienten que la vida de Jesús no es suficiente, como si en él no estuviera todo, como si a Jesús hubiera que agregarle algo más.
Ellos consideran que poner a Jesús en el centro de todo hace de la religión algo superficial, sentimentalista y falaz.
Son como madres que creen que la leche materna no es suficiente para su bebé recién nacido y hay que agregarle más comida. Y sí, ya sé que ahora me vas a decir que va a llegar un momento que al bebé hay que darle comida para que crezca y eso es verdad.
Pero el problema no es que Cristo sea demasiado simple. El problema es que todavía no hemos entendido cuán profundo es Él, porque crecer espiritualmente no es dejar atrás a Jesús para pasar a cosas más elevadas, es descubrir que todo lo que necesitamos ya estaba en Él desde el principio.
Por eso, cuando Jesús partió el pan en la última cena, no dijo que ese pan simbolizaba una institución, una doctrina o un sistema. El pan lo simbolizaba a él. Cristo es el alimento. Cristo es el centro. Cristo es suficiente. Bienvenidos a Tenoa, un podcast para redescubrir sin rodeos la profundidad simple y escandalosa del evangelio de Jesús.
Hay personas que en su perfeccionismo religioso y en su afán de ser fieles a la Biblia se atreven a corregir hasta a Jesús mismo. Ellos parecieran quererle agregar a Jesús más ideas, más revelaciones, más verdades. Creen que la Biblia es la verdad con Jesús y no entienden que la Biblia nos lleva a la verdad que es Jesús.
Y entonces, sin darse cuenta, comienzan a tratar a Jesús como si su presencia no bastara. Es como una novia que recibe a su amado en la puerta y le dice, “Si no traes muchas fotos tuyas en la mano, tu presencia no es suficiente para mí”.
Una situación tal no tendría ningún sentido. La presencia del amado es suficiente porque en ella está todo. De la misma manera, muchos cristianos han llegado a creer que para estar en la
verdad se necesita algo más que Jesús y el Espíritu.
Jesús
Pero Jesús fue claro, tenerlo a él como referencia y vivir en la presencia del Espíritu es tenerlo todo. Y cuando digo todo es todo.
Ahora bien, por otro lado, también hay personas que dicen: “Solamente necesitamos amar y eso es suficiente.” Y en cierto sentido hay una verdad ahí, pero es incompleta. Porque Jesús no enseñó que cualquier forma de amor es suficiente.
Él enseñó que es suficiente amar como Él amó y eso cambia todo. Porque amar como Él amó no es habilidad sentimental, no es cómodo, no es selectivo, es amar al enemigo, es bendecir al que hiere, es entregar la vida sin exigir nada a cambio. Y ese tipo de amor no nace del esfuerzo humano, solo lo pueden vivir aquellos que se han rendido a Jesús y que como consecuencia son llenos del Espíritu.
Cuando esa es nuestra experiencia, entonces sí, con eso tenemos todo. No necesitamos agregar nada. Ahora, esto no significa que dejemos de crecer, no significa que el conocimiento no importa.
Claro que creceremos, claro que también aprenderemos y claro que entenderemos cada vez más, pero el conocimiento nunca es la base, es el fruto. Es limitado, es parcial, es progresivo porque fluye de una relación viva.

En la medida que permanecemos en Cristo, él mismo nos va revelando dimensiones de su persona que antes no podíamos ver. Por eso cuando alguien descubre algo nuevo, no puede decir, “El que no ve esto no está en la verdad.” No.
La persona que tiene esa actitud tiene que entender algo más profundo. La base no es lo que sabemos. La base es quién habita en nosotros. Y personas llenas del espíritu pueden estar en diferentes niveles de comprensión según la etapa de su peregrinaje, porque la verdad no es un sistema teológico que dominamos, es una persona que nos habita y cuando él está no falta nada a pesar que seguimos creciendo.
Los Gálatas
Eso era exactamente lo que Pablo estaba intentando mostrarle a los Gálatas. Y sin embargo, ellos lo estaban dejando atrás, no porque quisieran alejarse de Dios, sino porque comenzaron a escuchar otras voces, voces religiosas, voces correctas, voces que parecían añadir profundidad a la verdad, pero que en realidad estaban reemplazando la esencia.
Para estos judaizantes, Jesús no era suficiente. Creer en él y como resultado vivir una vida donde el espíritu produce su fruto para ellos no alcanzaba. Había que agregar algo más. Circuncisión, fiestas, costumbres, prácticas externas, visibles, medibles, que se podían cumplir sin una vida rendida al espíritu. Y lo más irónico es esto: acusaban a Pablo de hereje. Decían que él estaba desviando al pueblo de Dios cuando en realidad él estaba intentando devolverlos a la simplicidad que libera.
Muchos de los Gálatas habían experimentado algo real en su pasado espiritual. Habían conocido el gozo, la libertad, la vida en el espíritu, pero poco a poco comenzaron a ceder. Y lo que antes era vida fluyendo del corazón se volvió pantano. Lo que antes era gozo se volvió carga.
Lo que antes era libertad se transformó en esclavitud. Eso sí, una esclavitud sofisticada, disfrazada de obediencia hueca y espiritualidad, sostenida por una sutil sensación de superioridad. Porque el legalismo tiene algo peligroso.
Te quita el gozo, pero te deja el orgullo y uno termina creyendo que está bien cuando en realidad se ha desconectado de la vida. Lo más triste es que esto no es solo historia, es presente.
Las mismas dinámicas que se veían en las iglesias de Galacia siguen vivas hoy en el cristianismo. Cada vez que sustituimos la vida del Espíritu por formas externas, cada vez que añadimos requisitos a lo que Dios ya declaró completo en Cristo, cada vez que medimos espiritualidad por conducta y no por comunión, volvemos sin darnos cuenta a la Iglesia de Galacia. Y la pregunta sigue siendo la misma.
¿Queremos una fe que se pueda controlar o una vida que solo el espíritu puede producir?
Y justamente pensando en eso, escribí el desafío de crecer de la serie ‘Pensamientos de Cambio’. Porque crecer espiritualmente no es complicar la fe, sino profundizar en Cristo. No es agregar peso a lo religioso, sino echar raíces en lo esencial. Hay algo que necesitamos aclarar porque lo hemos dicho muchas veces, pero cuando alguien lo escucha por primera vez sin el contexto correcto puede escandalizarse.
Las doctrinas no son el problema. De hecho, doctrina simplemente significa ‘enseñanza’. Jesús mismo, antes de irse envió a sus discípulos a hacer discípulos enseñando todo lo que él enseñó. Eso es doctrina y eso es sano, eso es necesario.
El problema no está en enseñar. El problema está en qué estamos enseñando y cómo lo estamos enseñando.
Así como estamos llamados a amar como Jesús amó, también estamos llamados a enseñar como Jesús enseñó. Y aquí es donde todo se quiebra, porque en algún punto el cristianismo institucional dejó de lado las enseñanzas de Jesús, que eran profundamente relacionales, prácticas encarnadas en la vida diaria y las reemplazó por sistemas doctrinales abstractos, filosóficos, muchas veces desconectados de la experiencia real del creyente.
Pasamos de una enseñanza que transforma la vida por medio del espíritu a una enseñanza que solo define conceptos. Pasamos de aprender a vivir como hijos, a aprender a describir a Dios correctamente y entonces construimos una fe donde puedes saber mucho sin necesariamente vivir distinto. Una fe que nos hace raros, no diferentes.
El resultado es una colección de definiciones teológicas elevadas al nivel de verdad, pero que no necesariamente producen vida, libertad ni transformación. Y aquí está la pregunta incómoda. ¿De qué sirve una doctrina que no te enseña a amar mejor, a perdonar profundamente? ¿Que no te enseña a vivir más cerca de Dios? Porque si la doctrina no transforma la vida y no te da gozo, no es la enseñanza de Jesús.
El cristianismo
Por eso, si nuestra práctica no es la imitación de Jesucristo, hemos perdido el centro. En Jesús lo tenemos todo. No necesitamos agregar nada. Él es suficiente. El que tiene a Cristo lo
tiene todo y el que sabe definir perfectamente la teología, pero no lo tiene a él, no tiene nada. Y esto no es una frase bonita, es la esencia del reino.
Porque el cristianismo no es acumular conceptos correctos, es participar de una vida. Déjame ponerte simple. Puedes explicar la trinidad con precisión filosófica y aparente lógica. También podés defender doctrinas complejas y ganar discusiones teológicas y aún así no saber perdonar, no saber amar, no saber vivir en humildad.

Entonces, ¿qué es lo que realmente tenés? Pero por otro lado, puede haber alguien sencillo que tal vez no puede explicar todo con palabras técnicas, pero ama como Jesús, perdona como Jesús, vive confiando como Jesús, entendió todo y está en la verdad.
Porque Cristo no vino para luego ser explicado por nosotros, vino a ser vivido. Nos guste o no, con Jesús lo tenemos todo y sin él no tenemos nada. No, no podés negar esa verdad sin tocar el corazón mismo del evangelio. Esto no es sentimentalismo, no es cristianismo superficial, es la declaración más radical del Reino.
Cristo no es parte del mensaje. Cristo es el mensaje. Y si quitamos a Cristo del centro, aunque conservemos todo el lenguaje cristiano, ya no nos queda cristianismo, no nos queda nada.
Te voy a decir algo todavía más escandaloso. En el Reino de Gloria conoceremos a muchas personas que nunca conocieron a Cristo de manera explícita y sin embargo respondieron a las impresiones silenciosas del Espíritu en sus corazones.
Personas que sin manejar nuestro lenguaje religioso supieron amar, ayudar, quedarse al lado del que sufría, compartir lo que tenían y elegir la compasión cuando podían haber elegido la indiferencia. Y es importante decirlo con claridad.
Esas personas no serán salvas por sus acciones, ni por su bondad, ni por una teología correcta que nunca tuvieron. serán salvas por Cristo, solo por Cristo. Pero, en medio de su ignorancia teológica, recibieron por gracia una sabiduría de vida que muchos, aún teniendo la Biblia, doctrina y discurso religioso, nunca quisieron recibir.
Ellos quizás no supieron definir a Dios, pero no endurecieron el corazón cuando Dios pasó cerca. No pudieron explicarlo con categorías teológicas, pero tampoco se resistieron a experimentar aquello santo que los llamaba a amar, a servir y a salir de sí mismos.
Sin saberlo estaban respondiendo a Dios. Vivían en relación con él, aunque no supieran nombrarlo con precisión. Oraban hacia él, aunque no conocieran todavía su nombre. caminaban por fe, aunque no pudieran organizar esa fe en un sistema. Eran como Moisés antes del Sinaí.
Él caminaba con Dios antes de saber su nombre. Y eso debería hacernos temblar un poco
porque demuestra que Dios es mucho más libre que nuestras fórmulas, mucho más grande que nuestras fronteras doctrinales y mucho más cercano de lo que nuestra religión a veces se atreve a admitir.
La humildad
Jesús habló de personas así, personas que vendrían desde lejos a sentarse a la mesa con Abraham en el Reino de Dios, mientras otros, muy seguros de sí mismos, quedarían fuera no por falta de información, sino por falta de humildad. Y yo estoy bastante seguro de que si Jesús dijera esto hoy en muchos de nuestros espacios religiosos, volvería a escandalizar a todos porque el problema no ha cambiado.
- Seguimos teniendo la tentación de creer que entender bien es lo mismo que conocer a Dios.
- Seguimos creyendo que definir correctamente la verdad es igual a vivir en ella.
- Seguimos pensando que nuestra cercanía a la teología prueba nuestra cercanía al corazón de Dios.
Y no siempre es así. Hay personas que saben hablar de Jesús, pero no se parecen a él. Hay personas que todavía no saben hablar bien de él, pero ya esparcen su luz. Eso no disminuye la necesidad de predicar a Cristo, la hace todavía más urgente.
Porque si alguien pudo seguir las huellas del Espíritu sin conocer con claridad el nombre de Jesús, cuánto más glorioso es cuando ese mismo corazón descubre finalmente que aquel a quien buscaba en la penumbra tiene rostro, tiene voz, tuvo una cruz, tuvo lágrimas y se llama Jesús.
Por eso esta verdad no debería llevarnos ni a la arrogancia teológica ni a la indiferencia espiritual. Debería llevarnos a la humildad, a dejar de crearnos dueños del mapa, a dejar de repartir certificados de pertenencia al reino, a dejar de pensar que porque sabemos explicar a Cristo, automáticamente ya vivimos en él. Y debería llevarnos también a buscar a Jesús con más hambre, con más ternura y con menos orgullo.
Porque, al final, la meta no es simplemente haber tenido ciertas intuiciones de Dios. La meta es encontrarnos con Cristo, conocerlo, amarlo y rendirnos a él.
Porque todo lo que el corazón humano ha buscado a tientas, toda verdad intua, toda luz parcial, toda compasión sincera, toda sed de bien, todo clamor sin nombre encuentra en Jesús su centro, su rostro y su descanso.
Así que antes de enojarnos con la amplitud de la gracia, quizás deberíamos hacer silencio, quizás deberíamos bajar la cabeza, quizás deberíamos reconocer que si nosotros estamos aquí, no es porque fuimos más inteligentes, más correctos o más dignos.
Estamos aquí por misericordia. Y esa misericordia no debería endurecernos, debería enternecernos, debería volvernos más humildes, más humanos, más compasivos.
Debería hacernos mirar a los demás, no desde arriba, sino desde abajo, como quien también fue encontrado cuando estaba perdido. Porque el que realmente conoce a Jesús no se vuelve más soberbio, se vuelve más pequeño, más limpio por dentro, más tierno con la fragilidad ajena, más consciente de que nadie se salva a sí mismo.
Al final, la gran pregunta no es ¿Quién tiene la mejor definición de Dios? La gran pregunta es esta: ¿Estamos resistiendo a Jesús o nos estamos rindiendo a él? Porque un día muchos se sorprenderán de la gente que estará sentada a la mesa.
Y tal vez la mayor sorpresa no será quién entró, sino descubrir que la puerta siempre fue más ancha de lo que nuestro orgullo quería aceptar, pero también más baja de lo que nuestra soberbia estaba dispuesta a agacharse.
Y solo entran al Reino los que se inclinan, los que buscan. Los que tienen hambre, los que dejan de aferrarse a sí mismos y finalmente se aferran a Jesús.




