Presentación

 

La Biblia tal como la conocemos quedó definida hacia el siglo IV d.C., con la suma de el Antiguo Testamento, que se conocía como ‘Biblia de los Setenta’ y era la versión utilizada por las comunidades judías desde el siglo II a.C.; y el Nuevo Testamento, que incorporó al canon bíblico dos libros en debate: el Libro de las Revelaciones o Apocalipsis, y la Epístola a los Hebreos.

El Nuevo Testamento comienza con cuatro Evangelios acerca de la vida y palabras de Jesús.

Evangelio quiere decir “buena noticia” y los cuatro fueron escritos, como fecha máxima, entre los años 65 d.C. y 100 d.C.

El tercer Evangelio, el más extenso, es atribuido a Lucas, el “médico querido” al que alude Pablo de Tarso en su Epístola a los Colosenses.

Lucas nació en Antioquía, localidad fundada por Siria pero que hoy día es parte de Turquía, y que llegó a ser la tercera ciudad más poblada del Imperio romano después de Roma y de Alejandría.

En Antioquía fue donde Pablo predicó su primer sermón cristiano en una sinagoga.

En Antioquía ocurrió que los seguidores de Jesús fueron llamados “cristianos” por primera vez (Hechos de los Apóstoles 11:26).

Y Antioquía fue uno de los cinco patriarcados originales, junto a Roma, Constantinopla, Alejandría y Jerusalén.

En su rol de historiador, Lucas conservó el relato convencional de la vida de Jesús en Galilea y sus últimos días en Jerusalén, también incorporados por el Evangelio de Marcos pero insertó otro documento que contiene muchos discursos de Jesús.

En Lucas 9: 49 y 50 se lee:

“Juan le dijo a Jesús: 

—Maestro, vimos a alguien usar tu nombre para expulsar demonios, pero le dijimos que no lo hiciera porque no pertenece a nuestro grupo. 

Jesús le dijo: 

—¡No lo detengan! Todo el que no está en contra de ustedes está a su favor.” 

Sin embargo el relato es más amplio en el Evangelio según Marcos, el segundo de los cuatro evangelios y, curiosamente, el más antiguo pero el más breve.

Marcos no fue discípulo directo de Jesús, pero basó su relato —según Papías de Hierápolis, en la primera mitad del siglo II d.C., en un testimonio citado por Eusebio de Cesarea— en el testimonio directo de Pedro.

 En el final de la 1ra. Epístola de Pedro, éste se refiere a “mi hijo Marcos”, que en general se relaciona con el Juan Marcos hijo de María, la dueña de casa donde Pedro se refugió cuando fue liberado de la cárcel (Hechos 12:12); y el “Juan, llamado Marcos” que acompañó a Pablo y Bernabé en una parte de su segundo viaje misionero.

En Marcos 9: 38 al 41 se lee:

“Juan le dijo a Jesús:

—Maestro, vimos a alguien usar tu nombre para expulsar demonios, pero le dijimos que no lo hiciera, porque no pertenece a nuestro grupo.

—¡No lo detengan! —dijo Jesús—. Nadie que haga un milagro en mi nombre podrá luego hablar mal de mí. Todo el que no está en contra de nosotros está a nuestro favor. Si alguien les da a ustedes incluso un vaso de agua porque pertenecen al Mesías, les digo la verdad, esa persona ciertamente será recompensada.”

 La anécdota fue tan importante que ambos Evangelios la mencionan como un acontecimiento digno de citarse en la vida de Jesús.

Una conclusión posible es que Jesús les señaló que no había exclusividades en aquel movimiento que sería llamado Cristianismo. No habría ni creyentes ni pastores ni iglesias que monopolizaran ni las enseñanzas ni el poder de Jesús.

Hay un texto que podría considerarse complementario, y que se encuentra en el primer Evangelio del Nuevo Testamento, que es el que escribió el recaudador de impuestos Mateo Leví, hijo de Alfeo, uno de los doce discípulos de Jesús.

El capítulo 7 de Mateo relata parte del Sermón del Monte, una predicación muy importante de Jesús, que comienza dos capítulos antes.

En Mateo 7:21-23 se lee:

“No todo el que me llama: “¡Señor, Señor!” entrará en el reino del cielo. Solo entrarán aquellos que verdaderamente hacen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

El día del juicio, muchos me dirán: “¡Señor, Señor! Profetizamos en tu nombre, expulsamos demonios en tu nombre e hicimos muchos milagros en tu nombre”.

Pero yo les responderé: “Nunca los conocí. Aléjense de mí, ustedes, que violan las leyes de Dios”.”

Es decir que muchas personas pueden desempeñar tareas y decir palabras supuestamente religiosas pero no tienen la bendición de Jesús. Son falsos cristianos.

Esta advertencia de Jesús comienza unos versículos antes, en Mateo 7:15-20:

“Ten cuidado de los falsos profetas que vienen disfrazados de ovejas inofensivas pero en realidad son lobos feroces. Puedes identificarlos por su fruto, es decir, por la manera en que se comportan. ¿Acaso puedes recoger uvas de los espinos o higos de los cardos? Un buen árbol produce frutos buenos y un árbol malo produce frutos malos. Un buen árbol no puede producir frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos. Por lo tanto, todo árbol que no produce frutos buenos se corta y se arroja al fuego. Así es, de la misma manera que puedes identificar un árbol por su fruto, puedes identificar a la gente por sus acciones.”

Una de las lecciones que pueden extraerse de este testimonio se refiere a que las obras de los humanos pueden ser engañosas.

Luego, es un error suponer que las obras provocan la gracia y la redención.

El Cristianismo no depende de las obras sino del conocimiento de Jesús.

El apóstol Pablo, en su Carta a los Gálatas 5:22-23, escribió acerca de las consecuencias del conocimiento de Jesús:

“En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas!”

El objetivo de esta página web, Tercerangel.org, es estimular el conocimiento de Jesús. Por comentarios o inquietudes, escribir a Redacción@tercerangel.org

Este texto cita la Biblia en su versión Nueva Traducción Viviente (NTV).