martes 27 octubre, 2020
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LIBERTAD RELIGIOSA

4 lecciones para los cristianos tras el mes del orgullo LGBT

Vivir guiados por principios y no por ideas abstractas, entender la condición minoritaria de muchos grupos religiosos y defender la libertad por sobre todas las cosas son algunos de los aprendizajes. Pero aceptar que ninguna religión tiene todas las respuestas es la primera actitud de humildad que se espera de los creyentes.

4 lecciones para los cristianos tras el mes del orgullo LGBT, concretamente después del 28 de junio (Día Internacional del Orgullo LGBT).

Misericordia quiero

El mes pasado los movimientos LGBT y de disidencias sexuales llevaron a cabo campañas de toda índole a fin de concientizar sobre el respeto y la igualdad de derechos. Las réplicas de los diversos grupos cristianos fueron múltiples y heterogéneas.

Entre ellas hay un gran porcentaje de quienes, por miedo a la tibieza, defienden doctrinas, reglas y códigos que en origen son secundarios a la esencia misma de la religión.

Pero ¿cuál es el límite? ¿Qué actitud deberían tener los cristianos en este contexto?

En el libro bíblico de Oseas se establece un principio clave cuya luz facilita el entendimiento de cuál es la postura que Dios demanda de sus seguidores.

Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos” (Oseas 6:6-7).

El mismo Jesús se encargó de recordar esta verdad del Antiguo Testamento a los fariseos de su época. Así registró Mateo aquella ocasión:

“Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento”. (Mateo 9:10-13)

El Mesías llevó las mentes a la esencia misma de la Ley y no a un cumplimiento superficial. Es decir, ante todo, la naturaleza misericordiosa divina se antepone a cualquier dogma y el verdadero cristianismo se sostiene sobre el pilar de la justicia social.

1) No tenemos todas las respuestas

Frente a cualquier discusión sobre temas controversiales es primordial aceptar que no se pueden obtener todas las respuestas, que ninguna iglesia, congregación ni credo las tiene.

El único responsable de conceder la verdad a una persona es el Espíritu Santo, porque “cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8).

No obstante, esta certeza no implica que la búsqueda de la verdad sea una causa irresoluta ni un objetivo inalcanzable. Por el contrario, el primer paso para adquirirla es la voluntad de identificar en qué medida influyen los propios intereses, preconceptos, la cosmovisión, las ideologías y filosofías.

En definitiva, Jesús nunca evitó decir la verdad pero sí manifestó la importancia del contexto adecuado y del consentimiento del interlocutor.

Así sucedió cuando le enseñó a la mujer samaritana a sacar sus propias conclusiones con la información que había recibido. El mismísimo Dios Hijo esperó a que ella consienta para iluminarla con la verdad:

“Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:25.26).

Dirigidos por el respeto, los cristianos no tienen razones para tener miedo a tratar temas difíciles ligados a la comunidad LGBT. Menos aún al reconocer su finitud y al recordar que todas las personas dependen del sacrificio de Jesús.  

2) Un principio más que una abstracción  

Cuando resurgen asuntos relacionados a la comunidad LGTB, también circulan con mayor énfasis los llamados a defender la idea de la familia heterosexual cuya sobrevivencia aparentemente peligra.

Tal creencia se basa en concebir a las disidencias de género como virus que se propagan e invaden todo organismo huésped. Como si la mera existencia de la diferencia pondría en riesgo la persistencia del paradigma cristiano.

A contrapelo de estos temores, la Biblia sugiere que la propia existencia esté gravitada alrededor de principios y no de ideas abstractas. Es decir que la familia heterosexual no es un concepto que defender sino principios que vivir.

Podrían crearse círculos cerrados donde nadie piense diferente pero se parecerían más a una novela distópica que a una organización bíblica. Por esto, el desafío es comportarse con tal convicción que lo diferente no represente una amenaza sino una consigna a afianzarse en la verdad y a buscar un convencimiento de la mente, los deseos y el comportamiento.

En paralelo, aún hay un camino extenso hacia la comprensión plena de que aceptar no es estar de acuerdo sino dejar el juicio en las manos de Quien estableció las leyes que gobiernan el universo.

3) Minorías

Las identidades de género disonantes a las establecidas según las creencias cristianas son minoritarias. A pesar que actualmente se perciba en las redes sociales que gozan de igual respeto y derechos, viven la cotidianeidad escasamente representadas.

Lo mismo sucede con las comunidades protestantes en la mayoría de los países del mundo

Por su parte, gays, lesbianas, bisexuales, travestis, trans, no binarios, intersexuales, queer y otras dentro del espectro, llevaron a cabo durante junio todo tipo de acciones como marco del Día Internacional del Orgullo LGBT del 28.

Estos colectivos son víctimas de violencia en todos sus formatos a lo largo de la vida. En Brasil 800 miembros fueron asesinados en los últimos dos años, aunque son Paraguay, Surinam y Guyana los países menos amigables a las libertades sexuales de América.

En EEUU el discurso homofóbico de los grupos religiosos conservadores cobra fuerza año a año. Mientras que en Europa del Este los grupos no heterosexuales son incluso criminalizados.

4) La libertad sobre todo

La persecución a los cristianos es una profecía real, constantemente señalada en Apocalipsis, aunque para muchos tal vez sea difícil imaginar cómo se llevará a cabo en países democráticos.

Jesús dijo “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo” (Mateo 5:11).

Ante esta realidad, una estrategia religiosa propone perpetuar su hegemonía anticipándose y limitando los derechos de quienes no piensan igual.

Pero el verdadero cristianismo tiene más que ver con la defensa de las libertades que con la imposición de moralidades. En efecto, la consigna es convertirse en un verdadero promotor del libre pensamiento.

Ahora bien, este principio bíblico tampoco licencia a los fieles a no entender la distinción entre libertad de expresión y libertad de elección. Entre ambos derechos debe mediar el consentimiento, ya que ni el propio Mesías forzó a nadie a aceptarlo.

La intolerancia es un argumento que fácilmente se vuelve en contra de quienes intentan imponer sus principios morales sobre la sociedad general. 

Creer, predicar, adorar, expresarse y tomar decisiones son derechos que Dios mismo otorga a sus criaturas, ¿por qué una religión haría lo contrario?

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Vivir guiados por principios y no por ideas abstractas, entender la condición minoritaria de muchos grupos religiosos y defender la libertad por sobre todas las cosas son algunos de los aprendizajes. Pero aceptar que ninguna religión tiene todas las respuestas es la primera actitud de humildad que se espera de los creyentes.

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