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SEPARACIÓN IGLESIA-ESTADO

Laicismo o laicidad: El poder encerrado en las palabras

Ambos conceptos son utilizados de manera indistinta en múltiples contextos. Sin embargo hay sentidos, discusiones, luchas y pugnas por el dominio entre ellos. El Catolicismo le adjudica un sentido peyorativo al “laicismo” y pondera la noción de “laicidad”, sin embargo la clave está en el principio rector de ambas.

Semiosis y la RAE

Las palabras son convenciones cargadas de sentidos y de representaciones infinitas. Dejando de lado una visión limitada, se entienden como unidades de la historia, testigos y víctimas de conflictos y victorias. 

El gran semiólogo Umberto Eco explicó que “las unidades culturales se explican a través de entidades semióticas. Existe una circularidad, que es condición normal para el proceso de significación y esto permite que los signos se puedan usar para referirse a cosas”.

Más allá de la especificidad de la materia, la semiología instruyó desde sus inicios que un concepto no es sólo una definición sino que, en todo caso, concepto y definición son productos históricos.

En palabras más vulgares, lo que en las ciencias sociales se conoce como semiosis infinita es la reproducción automática de los sentidos de las palabras, una misma palabra remitiendo miles de millones de sentidos.

Al comprender esta prenoción, el aporte de una institución como la Real Academia Española comienza a cobrar otro rol e importancia.

De esta forma entonces, el laicismo es la “Independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”.

Por otro lado, la laicidad es la “condición de laico” y, en una segunda acepción, es un “principio que establece la separación entre la sociedad civil y la sociedad religiosa”.

“Laos”

El adjetivo laico deriva del griego “laikós” que a su vez procede de “laos”, que significa “pueblo”. Siglos atrás esta palabra se utilizaba principalmente para distinguir a los fieles del clero. Recién hacia el siglo XIX pasó a caracterizar a todo aquel espacio que está por fuera del poder eclesiástico.

Laicidad, en cambio, apareció en la década de 1870 en relación a la educación no confesional en Francia y se transformó hasta llegar a ser la condición del Estado no sólo de ser autónomo de cualquier religión, sino neutral.

La concepción actual lleva la huella identitaria del liberalismo clásico y existen largas listas de autores y obras que registran su devenir histórico.

En pocas palabras: es un acuerdo para la convivencia mediante un compromiso que protege a los ciudadanos sin importar sus creencias. Está basado en los principios de:

Para los cristianos, la laicidad queda instituida en la Biblia en el verso “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22: 21).

No obstante, es evidente la complejidad encerrada en la caracterización de lo “laico” ya que depende en gran medida de la concepción de lo público y lo privado que se tome.

Dilema

Desde fines del siglo XIX y principios del XX los movimientos a favor de la separación Iglesia-Estado fueron identificados como anticlericales debido a su lucha contra las imposiciones de una moralidad católica en las leyes y gobiernos.

Pero en el acontecer de los años esta confesión predominante alimentó el contraste entre dos tipos de defensa de este principio: el laicismo y la laicidad.

De parte de los voceros de dicha fe, el primero es la hostilidad e indiferencia hacia la religión en contraste con el segundo que es el permiso de permear la política de creencias y así lograr la “coordinación” y “apoyo” entre ambas instituciones.

Del lado opuesto, acusan al catolicismo de crear éste dilema terminológico para conservar su poder y privilegios históricos en las sociedades.

En América Latina el dilema puede explicarse por la hegemonía que conservaba la Iglesia de Roma en contraste con otros cultos, por lo que cualquier movimiento a favor de la neutralidad del Estado se catalogaba como anticlerical.

Moral católica

Pío XII pronunció el 23 de marzo de 1958 la categoría “sana laicidad” que entendió como el esfuerzo continuo para tener separados y al mismo tiempo unidos los poderes religioso y político. De esta manera introdujo un concepto que décadas después seguiría en pugna entre católicos y defensores de la separación total de ambos ámbitos.

En la misma línea, el actual Papa Francisco declaró: “La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia de la dimensión religiosa en la sociedad, favoreciendo sus expresiones más concretas”.

Durante el periodo de tiempo comprendido entre ambos clérigos, sucedieron toda clase de conflictos que pusieron sobre tablas la urgencia de un Estado separado de cualquier culto. Entre idas y vueltas, la Iglesia de Roma sostuvo que la laicidad es una colaboración respetuosa entre las dos autoridades.

Sin embargo, según el Observatorio de laicismo europeo, “cualquiera puede darse cuenta de que las críticas católicas al laicismo en realidad son críticas a los intentos de conseguir un Estado más laico”.

Por fuera de la discusión de términos, lo cierto es que bajo cualquier categoría el papel que la propia iglesia se otorga sigue siendo el mismo a lo largo de los siglos que, considerando variaciones mínimas, está relacionado a la trasmisión de moralidad a la sociedad.

En el Concilio Vaticano II se expone dicha cosmovisión:

“Los laicos procuren coordinar sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo, si en algún caso incitan al pecado, de modo que todo esto se conforme a las normas de la justicia y favorezca, más bien que impida, la práctica de las virtudes. Obrando así impregnarán de sentido moral la cultura y el trabajo humano".

En Argentina

La Constitución argentina considera en su artículo dos que el Estado debe sostener el culto católico apostólico romano. Pero a la vez es de común acuerdo el hecho que busca respetar el principio de la no confesionalidad, característica evidenciada en:

  • La subordinación de los tribunales eclesiásticos a la justicia ordinaria
  • La eliminación de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas durante el horario de clases
  • La creación del Registro Civil
  • La institución del matrimonio civil
  • La no obligatoriedad del requisito de catolicidad para quienes pretendan llegar a la presidencia o vicepresidencia de la Nación

De nuevo la discusión terminológica es puesta sobre la mesa a raíz de la palabra “sostener”. En su ambigüedad encontró justificaciones de toda clase, aunque se ha llegado al acuerdo que implica el envío de fondos a la Iglesia pero sin adoptar la fe.

En los años más tempranos de la Nación cuando la lucha se acuñaba, Domingo F. Sarmiento lo expresaba perfectamente en estas palabras:

“Cada palabra suprimida en las constituciones sobre materias religiosas, y cada frase aumentada, ha costado no sólo al pueblo que lo hace muchos dolores, sino a la humanidad entera mucha sangre y muchos sacrificios”.

Aún permanece la esperanza al entender la laicidad como un proceso y situar a la situación actual en un régimen que aspira a la separación de la Iglesia y el Estado pero que aún mantiene su influencia social y política.

El autor de “Laicidad y laicismo en América Latina”, Roberto Blancarte, explica:

“Entender la laicidad como un proceso, permite explicar que algunas sociedades formalmente laicas o que viven bajo un régimen de separación todavía conozcan una fuerte influencia social y política de las instituciones religiosas [...] En dicho esquema, la construcción de un espacio temporal alejado de toda influencia religiosa ha supuesto en el mundo y en particular en América Latina, un duro combate en contra de la Iglesia católica, la cual se resiste a dejar de moldear las políticas públicas y formar parte de los pilares institucionales del entramado de poder de estas sociedades”.

Centrarse en el principio

Una simple búsqueda en la web demuestra que la contraposición entre una laicidad buena y un laicismo esencialmente malo, emana netamente del núcleo católico y no es agenda para el resto de la sociedad, sea religiosa o no.

En conclusión, puede entenderse al primero como la doctrina que deviene de la ideología o movimiento del segundo, siendo este último compatible con el agnosticismo y el ateísmo, de igual manera que con el cristianismo.

Cada “ismo” puede (y debe) convivir sin volverse dogmático, impositivo, violento, o reglado estatalmente.

En el caso argentino queda mucho que desear en la búsqueda de un apartamiento total y claro del Estado de la Iglesia, a pesar que se haya declarado no confesional.

Bajo estas nociones, sigue siendo pertinente aclarar que ninguna de las declaraciones anteriores representan la eliminación de las voces religiosas dentro de la pluralidad democrática, sino lo contrario, implica un lugar para que cada una de las denominaciones sea un actor social más.

Lejos está del laicismo la intención de relegar a los sujetos creyentes del debate democrático. Pero sí cabe resaltar que votar representantes de gobierno no es elegir un líder espiritual.

Más allá del término por el que se opte, es la separación y neutralidad por parte del Estado de la Iglesia, el principio rector de ambos conceptos que debe consumarse.

Por Elizabeth Maier

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