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UN MANDATO PERMANENTE

“Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”

La frase es conocida pero no lo es el contexto en que fue dicha. Aquella mañana en el templo de Jerusalén ocurrió un debate intenso, que comenzó con el pedido a Jesús que decidiera qué hacer con una mujer sorprendida en adulterio. Poco después, en la jornada hubo otro intento de desacreditar al Maestro no reconocido por los jefes religiosos de la época.

Los fariseos, al igual que los saduceos o zadokitas, estaban obsesionados con lograr sorprender a Jesús en alguna herejía. Aquella mañana en el templo de Jerusalén estaban decididos a alcanzar su objetivo.

El apóstol Juan no deja duda alguna, en el versículo 6 de su crónica: "Intentaban tenderle una trampa para que dijera algo que pudieran usar en su contra (…)".

Los supuestos 'maestros de la Ley' rechazaban la identidad de Jesús de Nazareth, autor de la Ley. Les hubiese resultado suficiente revisar su genealogía para sorprenderse. Pero ellos habían decidido que el Mesías debía responder a sus exigencias de cómo debía ser un Elegido. No hay peor ciego que quien no quiere ver.

Y su negación ya aburría, con preguntas reiteradas:

"—¿Dónde está tu padre?" (versículo 19).

"—¿Y quién eres?" (versículo 25).

Todo el capítulo 8 del Evangelio de Juan es dramático al respecto, confirmatorio de lo anunciado en el inicio del relato:

"A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron." (Juan 1:11).

La tensión era intensa. Al final del relato, ellos intentarán lapidar a Jesús pero todavía no era la hora (y debía ser muerte de cruz para que la profecía fuese cumplida, así como la promesa de la redención), y su Padre lo rescató.

De todos modos, Jesús seguía dándoles una oportunidad.

Sin duda no lo hacía sólo por ellos sino por los otros que presenciaban semejantes episodios.

"Entonces muchos de los que oyeron sus palabras creyeron en él." (versículo 30).

Los fariseos no querían aprender, solamente provocar. En ese capítulo se lee que hasta le llamaron a Jesús, "samaritano endemoniado".

No comprendían que estaban convirtiendo una religión viva en un culto muerto, sólo una tradición de lo que alguna vez fue. También es nuestro peligro hoy día.

Pero a los creyentes, Jesús quería dejarles un mensaje especial:

"—Ustedes son verdaderamente mis discípulos si se mantienen fieles a mis enseñanzas; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres." (versículos 31 y 32).

La verdad y la libertad son dos grandes conceptos básicos de la civilización.

Pero ¿qué verdad y qué libertad son esas de las que habla el relato?

En griego, la palabra "verdad", al igual que ocurre en castellano, lleva asociado el concepto de realidad. Es decir que verdad sólo puede haber una, puesto que solo hay una realidad.

En cuanto a "los hará libres", es un verbo interesante que aludía a la libertad otorgada a los esclavos, pero también se podía utilizar en el sentido de absolver o excusar de culpa.

Cuando se demostraba que un encarcelado era inocente, se le devolvía la libertad, y se utilizaba este verbo para explicar ese acontecimiento.

Por ese motivo, Jesús no solamente está hablando de una libertad abstracta, tal y como la entendemos hoy, sino del verdadero hecho de haber sido exculpados de una grave acusación.

"—Nosotros somos descendientes de Abraham —le respondieron—, nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Qué quieres decir con “los hará libres”?" (versículo 33).

Mucha hipocresía en esta frase de los acusadores. Los descendientes de Abraham habían sido esclavos en Egipto y en Babilonia. Y en ese mismo momento integraban el Imperio Romano porque habían sido conquistados. Por este motivo debían pagar impuestos, que recolectaban los publicanos, a menudo judíos que trabajaban para los romanos.

Los judíos anhelaban liberarse del yugo de Roma. En reiteradas ocasiones promovieron rebeliones y los romanos eran rigurosos contra los judíos a causa de esa persistencia. Muchos judíos imaginaron que Jesús sería quien los llevaría a la victoria político-militar pese a que él existía que lo suyo era espiritual. Algunos decepcionados, otros desafiantes, ahí estaban, afirmando que no eran esclavos de nadie.

¿Era necesario que Jesús les recordara su presente lastimoso como nación?

No. Jesús proclamó una vez más su liderazgo espiritual.

Ellos insistían en refugiarse en Abraham, a quien no habían honrado, pero Jesús tampoco quería recordárselo.

Jesús les dijo que la verdadera naturaleza de un hijo de Dios es un corazón que ama al Padre y ama al Hijo, y eso no tiene nada que ver con la sangre con la que se ha nacido.

Pero es necesario que este texto regrese a la cuestión de la verdad y la libertad.

Algunos creen que la libertad consiste en no estar atado a nada ni a nadie y no permitir que nada les estorbe en lo que quieren hacer. Esta es una libertad de pre adolescente.

Incluso creyendo que no estamos atados a ninguna otra persona y que podemos hacer lo que querramos, estaríamos atados a nuestras ganas, deseos y elecciones.

La cultura contemporánea considera, a menudo, la libertad algo absoluto, sin límite ni responsabilidad. No es casualidad que todas las sociedades regulen esa libertad que conduciría al dominio del más fuerte.

Hay otra libertad, que proviene de una atadura a otra persona por amor.

Junto a la persona amada podemos sentirnos seguros, sin fingir lo que no somos, donde podemos exhibir nuestra vulnerabilidad, y esto nos hace sentir libres de verdad.

Esta libertad no consiste en hacer lo que querramos sino que nos invita a convertirnos en lo que estamos llamados a ser, en parte gracias a la persona que amamos.

La libertad que ofrece Jesús nace del amor de Dios, quien nos amó primero.

Según Jesús, la libertad debe apoyarse sobre la verdad.

Y algo más: "—Les digo la verdad, todo el que comete pecado es esclavo del pecado." (Juan 8:34).

Los fariseos creían tener resuelta la esclavitud interior, con sacrificios, ordenanzas y reglamentos.

Y también la esclavitud exterior porque por ese motivo pagaban tributo al César.

A menudo creemos tener resueltos todos nuestros problemas, al menos los suficientes como para resistir al llamado de Jesús.

Pero aquella mañana en el templo de Jerusalén, el mensaje contempló dos libertades. La que ellos consideran libertad; y otra libertad, que es verdadera.

"Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes son verdaderamente libres." (Juan 8:36).

Ellos no lo sabían aún pero esa libertad proviene del amor. En la última cena, Jesús hablará otra vez de verdad y de esclavitud:

"Les digo la verdad, los esclavos no son superiores a su amo ni el mensajero es más importante que quien envía el mensaje." (Juan 13:16).

Y algo más sobre la verdad: "Les digo la verdad, todo el que recibe a mi mensajero me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al Padre, quien me envió." (Juan 13:20).

Ya lo había anunciado aquella mañana en el templo: "Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes son verdaderamente libres" (Juan 8:36).

La precio de esa libertad fue la muerte y resurrección de Jesús.

Es la historia de redención y es lo que quiere difundir Jesús.

"Redimir" era el pago necesario para liberar a una persona de la esclavitud. Todos lo sabían porque había referencias muy específicas en el Antiguo Testamento.

Es más: el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento tenía el único objetivo de enseñar a los israelitas que para obtener la redención de sus pecados debían pagar un precio.

Y la sangre derramada sobre el altar, anticipaba simbólicamente el precio que Jesús pagaría con su muerte en la cruz: había sido el eje del discurso de Juan el Bautista, a quien casi todos los presentes habían conocido: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29).

Pero ahí estaban los descendientes de Abraham, intentando matar a la promesa de redención.

Por ese motivo Jesús les hizo notar que su comportamiento ponía en evidencia que no eran hijos espirituales de Abraham.

"—¡Nuestro padre es Abraham! —declararon.

—No —respondió Jesús—, pues si realmente fueran hijos de Abraham, seguirían su ejemplo. En cambio, procuran matarme porque les dije la verdad, la cual oí de Dios. Abraham nunca hizo algo así." (Juan 8:39-41).

Ellos no estaban dispuesto a escucharlo. ¿Nosotros sí lo estamos?

Jesús les dijo: "¿Por qué no pueden entender lo que les digo? ¡Es porque ni siquiera toleran oírme! Pues ustedes son hijos de su padre, el diablo, y les encanta hacer las cosas malvadas que él hace. Él ha sido asesino desde el principio y siempre ha odiado la verdad, porque en él no hay verdad. Cuando miente, actúa de acuerdo con su naturaleza porque es mentiroso y el padre de la mentira." (Juan 8:43-44).

La conversación en el templo dejó en evidencia el abismo que, peligrosamente, puede existir entre lo que escuchamos y lo que practicamos. Entre lo que somos y lo que decimos ser. Entre lo que decimos amar y lo que realmente deseamos.

Por ese motivo es importante conocer la verdad, sin hipocresías ni confusiones. Y gozar de la verdadera libertad.


TercerAngel.org/ se instaló en el universo digital el 24 de mayo de 2019, con esta reflexión como consigna.

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